Skip to content

3:15 A.M.

Sono el celular, un mensaje, apenas pasadas las tres de la mañana, me preguntaste si estaba bien, que si todo estaba bien.

Lo habías preguntado antes e imaginé que buscabas otra respuesta a la que te di antes: –Nada–te había dicho. –No tengo nada, debo estar cansado.

Esta vez sentí ineludible la verdadera respuesta, te llamé veinte minutos después como acordamos en el mensaje siguiente, casi a las tres treinta y cinco, en realidad fue a las tres treinta y siete cuando marqué tu número para esconder mi desesperación por dos minutos, los dos minutos extras se alargaron como horas pensando en escuchar tu voz y mientras dormitaba soñaba que te llamaba, varias veces, cada vez me contestaste algo diferente, algunas veces me querías otras no, otras nada, otras colgabas.

Cuando te llamé finalmente no me querías, ni me colgabas, me preguntaste nuevamente que me pasaba, que sabías había algo que no te decía, tontamente imaginé que ya lo sabías y solo querías que te lo confirmara y lo hice, lo confirmé. Te di la seguridad, el mango del sartén, el control de la situación, todo en ese instante.

Las posibilidades no se fabrican, no en situaciones como esta, nos gusta pensar que es así, que dominamos que tenemos el control, que si empujamos un poco seduciremos a la persona, conquistaremos a la persona, esa expresión de conquistar que no me gusta pues parece que hay alguien derrotado de por medio, no se conquista, no se seduce, solo resulta seducido o conquistado aquella persona que quiero serlo, no hay otra forma.

Me dijiste que no buscabas nada, que no querías nada, que eras mejor como amiga que como pareja o revolví la llamada real con una de sueño pues seguía todavía dormitando a ratos, te dije entonces que yo no quería ser tu amigo –Yo no quiero ser tu amigo– te dije, quizá debí haber dicho –No quiero ser solo tu amigo– y respondiste con una risa un tanto forzada como algo que te tomó por sorpresa. Te imaginé entonces: el celular presionado contra tu oído haciendo a un lado tu cabello color diablo.

Luego dijiste que debíamos de colgar pero no lo permitíste, no lo hiciste, no lo intentaste siquiera, en su lugar seguiste hablando, ya no supe con que razón me seguiste platicando de otras cosas, cambiaste el tema, como si quisieras que olvidara lo que acababa de decir o lo que habías dicho, o lo que te pregunte o la respuesta que me habías dado, o enterrar tu duda como algo que hubieras preferido no saber, cortar esa relación, porque una vez que se confirma que la otra persona quiere algo de nosotros ya hay una relación, se establece un nexo que antes no existía -le gusto- podrías pensar ya con toda certeza con toda seguridad. Pero cambiaste el tema, de un viaje a un desierto y unas fotografías que ya tenías y yo ya no quería ya ver. Porque tú lo sabías.

Después volviste a decirme que ya colgarías y yo ahogué mi voz, -no quiero- hubiera bastado, un -quiero verte- pero no dije nada por tener el corazón expuesto y miedo o quizá pánico a ser acuchillado, acabado en ese instante.

–Adios– te dije
–Adios– me contestaste

Post a Comment

Your email is never published nor shared. Required fields are marked *
*
*