Al viajar en autobús me gusta hacerlo solo, sentado por mi cuenta en un único par de asientos para al menos imaginar que puedo recostarme comodamente a lo largo de los dos asientos y dormir las siete horas que estaré ahí.
Ese día, al comprar el boleto, ya sabía que eso no sucedería, desde el momento que me fue presentada en aquella pantalla de computadora el esquema del autobus ya no había lugares juntos libres. Ahí frente a esa representación virtual del autobus en miniatura fue donde tuve que escoger compañero de viaje de forma aleatoria.
- ¿Qué asiento va a querer? – Me dijo el vendedor, como si mis opciones estuvieran en el orden de las decenas, cuando no superaban las tres.
- Pues… – hice una pausa titubeante, sabiendo que lo que me jugaba en mi decisión era el hecho de si podría dormir o no durante la noche – El veintitrés – contesté finalmente
En el momento mismo que abordé el autobús hice un conteo rápido para descubrir la posición aproximada del lugar en el que me sentaría. Un sensación de desagrado me recorrio pues el mal conteo me hizo suponer que el asiento estaba del lado izquierdo, justo al lado de un señor que ocupaba no solo su lugar, sino que con su amplia personalidad, ocupaba también la mitad de mi hipotético asiento.
Instintivamente volteé a la derecha para ver el resto de los lugares libres, como cuando a uno le enseñan los premios rechazados en un concurso televisivo. No importaba cuanto mirara, mi lugar de todas formas se encontraba definido desde el momento en que había pagado.
A lo lejos, en un asiento del lado de la ventana vi a una chica, con una belleza tan particular que después de notar su presencia parecía imposible dejar de mirar en esa dirección. No entendí como pude pasar mi vista por encima buscando los asientos libres sin notarla,
Resultó, en un giro dramático de mi suerte, que mi lugar era a su lado.
Saludé al sentarme como lo hago regularmente, no importando si la persona ya ocupa mi lugar con un niño de tres años o una mochila apunto de reventar todas sus costuras. Pero ella no contestó o no la escuché o no me escuchó.
No pude dormir. Ahora en retrospectiva ya no estoy seguro si era una falta de sueño auténtica o un querer hablarle y no atreverme lo que no me lo permitía.
Durante la noche al notar su insomnio fue cuando cruzamos palabra por primera vez.
- ¿No puedes dormir? – Pregunté
- No
- Yo tampoco, no sé porque – ahora pienso que mentí deliberadamente y que la razón la sabía perfectamente bien.
Después de esto no recuerdo el ordén de las preguntas ni los comentarios, recuerdo su risa y su sonrisa, y mientras algunos de las expresiones se van desintegrando en el tiempo, otras tantas se van exaltando, recuerdo que mi mente se inundo de preguntas aleatorias y sus respuestas, quitando el velo de anonimato que la cubría hasta ese momento.
Entonces por fin después de la tranquilidad que traía el hablarle empecé a conciliar el sueño, las preguntas y sus respuestas se volvieron cada vez más aisladas. Fue cuando se cubrió con aquella cobija que parecía más bien una alegoría de su personalidad.
Te descubrí princesa.
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