Debió ser el despegue, la fuerza que te pega al siento, los pulmones con aire enrarecido, o fue tu cabeza en mi hombro lo que me ha sacado el aire, el cuerpo que se debate entre temblar por el vertigo de la caída libre que me provocas o el silencio súbito cuando el contacto entre las llantas y el suelo se pierde.
Escucho el ruido del aire recorriendo el fuselaje. Mis latidos casi violentos queriendo llevar la misma velocidad y el ritmo.
El cielo abierto, el horizonte que se extiende y distingue hacía ambos lados, prendido en llamas, como si Dios lo hubiera recorrido con un dedo.
Suspendido en el vacío por una fuerza que no es mía, que no es de la turbina, que viene del roce de tu mano con mi mano, o del aroma vainilla cuando te acercas por sorpresa.
Cuelgo del viento.
Me llevas de la mano.