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Noviembre 17, 2011

17 Nov

Llego al DF en un autobús de segunda, por fuera es gris casi plata, por dentro luce normal, un autobús cualquiera. Conmuta entre una ciudad y otra de forma continua, destinado solo para aquellas personas que por error, casualidad o accidente terminaron viviendo en la ciudad vecina.

El aire se filtra por todas las ventanas y parte de la puerta. Apenas subí me acomodé a lo largo de dos asientos. La gente que vive en la ciudad vecina tampoco es tanta. Una persona en la primera fila se queja con el conductor del frío dentro del autobús. El conductor la escucha estoico. Duermo el resto del camino.

Al bajar el aire golpea, como ir cayendo caer muy rápido, sin detenerse, en un lugar del que no se conoce terreno ni lugar de caída, uno levanta las manos por reflejo, por defensa involuntaria que a final de cuentas no protege nada.

 
 

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