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Archive for the ‘Bitácora’ Category

El autobús

16 May

Quien sabe que aromas y efluvios lo alcanzan a uno aquí, yo estoy seguro que acá arriba respiro más lento tratando de no jalar más aire del necesario, apenas lo justo para no empezar a ver todo brilloso, hay que asegurandose de no respirar profundo hasta haber bajado del autobús, uno no quiere darle el golpe al aire viciado aquí dentro.

Arriba en el autobús uno hace lo que puede por mantener el espacio personal razonablemente vacío pero se vuelve imposible, reconocer donde termina una persona y comienza la otra es un arte que se debe dominar si uno quiere bajar del autobus sin utilizar demasiados –con permiso, perdone, disculpe usted– u otras expresiones similares, es decir, si se quiere bajar de forma decente.

Se requiere también cierta habilidad para estar de pie entre los demás, aunque no para mantener el equilibro, si uno soltara todo punto de apoyo no caería y probablemente ni se movería pues hay tanta gente alrededor y tan apretada que uno se mantendría de pie sin mayor esfuerzo, allá, al lado de la puerta de adelante el señor con barba que subió al final podría explicarlo de forma más clara aunque no podría hablar demasiado porque el gordito delante de él lo comprime contra la puerta, tanto así que el de barba deja salir el aire (o el gordito se lo saca no estoy seguro) junto con un –por favor recórranse– de forma más o menos desesperada, lo ha dicho varias veces pero entre más avanzamos por las calles su voz se va volviendo más y más baja, de vez en vez volteo para asegurarme que todavía lleva los ojos abiertos.

–¡Recórranse para atrás! –dice el chofer compadeciéndose del señor de barba o para subir más pasaje pero no hay forma ni lugar para recorrerse –ni para atrás ni para ningún lado– como la señora de vestido azul en la tercera fila lo confirma cuando le cae sobre las piernas otra señora, y aunque la señora caída apresura un –¡disculpe!– la señora de azul ya ha apretado los labios empujándola de nuevo hacía la multitud.

Cuando la parada se va acercando todos vamos entrando en pánico dos o tres cuadras antes de bajarnos pues todos los que van a quedar arriba se las han arreglado para estar más juntos y compactos, arrejuntandose unos contra otros sin pudor ni falsas vergüenzas cerca de las puertas, yo de verdad creo que no quieren que nos bajemos. Los que estamos en medio del camión –todos queriendo bajar– nos empezamos a ver con cara de susto cuando escuchamos los –con permiso– de las personas que estaban sentadas y se quiren unir a nosotros –los de pie– en el abandono del autobús, aquí a mi lado una señora con bolsas de mandado me lanza una mirada de miedo que puedo interpretar claramente como –¿y ahora pa’onde?– yo se la devuelvo con más miedo porque la incertidumbre de si nos dejarán bajar ya nos hace empujarnos a todos hacía la puerta mientras el chofer sin el menor asomo de miedo se abalanza sobre los carriles laterales en medio de ruidos de freno y otro –de verdad, por favor recórrase– del señor de la entrada que esta vez, aunque no volteo a verlo, me parece que ya no lleva los ojos tan abiertos.

Nadie quiere regresarse caminando dos o tres cuadras por permanecer aquí más tiempo del debido, es por esto que todas las personas que antes cabian distruibuidas por todo el camion ahora retando a todas las leyes de la física caben en tan solo la mitad mientra se se arremolinan sobre las puertas –las puertas digo– porque de buenas a primeras hemos decidido, contra la voluntad de los que quieren subir, que las dos puertas son para bajar –¡La bajada es por atras! –grita el chofer, pero ya es muy tarde el señor antes presionado por el regordete ya ha inagurado la puerta de enfrente como bajada y todos le seguimos.

–Por fin –dice alguien de los que ya pisa la banqueta mientras sube otra marea de gente al autobús y se escucha a lo lejos un –con permiso–, mientras otro –recorranse por favor –se queda colgado del aire seguramente del muchacho de mochila que subió último y cuya figura podemos ver presionada contar la puerta ya cerrada.

[Y por acá robándole el estilo a Caro: Esto lo pensé (imposible respirar, ya no digamos escribir ahí) mientras iba en el autobús al trabajo y escuchaba "All togheter now" de The Beatles... la canción fue coincidencia y solo eso...]

 
 

Un hombre

25 Apr

A veces asustado, sin motivo, vuelvo a ser niño, que desea correr al cuarto, cerrar la puerta, escuchar una voz amorosa del otro lado de esta que dijera que nada pasa, que no hay monstruo, que no hay fantasma. Que cuando saliera los terrores y los miedos se esfumaran.

A veces las posibilidades me derrumban, el sentir que he fallado, que las fuerzan escasean, entonces quisiera esconderme, cubrirme la cara.

A veces se me olvida que un hombre debe permanecer estoico ante la desgracia, que cuando esta sobreviene debe levantar aún más la cara, que las lagrimas deben escurrir por las heridas y ser rojas, jamás claras.

A veces se me olvida que un hombre debe hacer lo necesario sin darse tregua, sin hacer pausa, que debe ser soporte, ser proveedor, ser fuerza.

Que debe ser como aquellos soldados de antaño que el enemigo al frente no los acobardaba y eran balas en el pecho las que les hacían menguar y doblar la espalda.

Que la debilidad no es cosa de hombres, que cuando el mundo se les derrumba encima no desmayan.

Que un hombre no debe tener miedo, que debe traer paz a quien él ama y de vez en vez ahuyentar monstruos debajo de la cama.

A veces olvido que el cuerpo del hombre debe ser escudo para quien ama y cuando es necesario ¡también ser arma! que si los párpados cayeran pesados, deberá permanecer en vela, deberá permanecer en guardia

¡Que si es necesario no debe probar alimento! ¡Ni siquiera tomar agua!

A veces temeroso olvido.

Pero luego recuerdo.

Recuerdo que Dios y tú Sofía son mi causa.

Recuerdo que sonreiría jugandome la vida si alguien contra ti un cabello levantara.

Recuerdo que un hombre es esto, todo ello, incluso errores, incluso fallas, que un hombre a veces teme pero sin lágrimas.

Que si llora, que cuando lo haga, no ha de ser otro lugar sino en el hombro de su amada.

Y tú, amor, princesa,

A ser hombre con un beso me llamas

 
 

Las cucarachas

27 Mar

A veces me dan tristeza las cucarachas, verlas ahí tiradas más o menos indefensas.

Me da tristeza ver que la evolución que no les sirvió de nada pues después de que un gato les da la vuelta se quedan ahí patas arriba, con miedo, un miedo primitivo de saber que se van a morir, el instinto de supervivencia básico que todas las cosas vivas tienen, hasta las plantas.

Las imagino en un lugar fumigado, sintiendo pasar los minutos y que ya no les entra el aire, que la piel se les va quemando de a poco, escuchar aterradas los movimientos o sentir vibraciones en el piso de alguien que se acerca.

Las imagino envenenadas, mirando a todos lados buscando una coladera cercana, un resumidero, lo que sea donde puedan esconderse, donde puedan volver a respirar aire o lo que sea que respiren abajo.

Imagina, salir corriendo tratando de llegar a la comida y de repente ¡terror! no puedes respirar, como estar en un planeta extraño, la atmosfera enrarecida, las patas no te responden, todo te arde y ¡pum! patas arriba quien sabe porque. Entonces así de cabeza distingues un cadaver, otro por allá más lejano, otras cucarachas ya muertas y otras en su último aliento. ¡Qué desesperación! !Qué pánico!

Luego el olvido, el abandono total, el dejarse de mover aún sin estar muerta.

Solas, al revés, con hambre, asustadas y además feas, feas las pobres, a más de una habrán matado por eso.

A veces me dan tristeza las cucarachas, ver que se mueren solas.

Solas y asustadas.

 
 

De McDonalds y Yoggy

19 Jan

Hay cosas que no se necesitan decir, o que se puede leer entre líneas no importa el tema ni la forma en que uno escriba.

¿Verdad?

Anoche me dormí con el celular a un lado, por si en algún momento recuperabas la señal.

Poco antes, cuando manejaba rumbo a la casa, empecé a platicar contigo, te invité al cine y te propuse meter un sandwich de subway o hamburguesas de McDonalds.

La verdad solo te invité al cine por hacer plática, lo que hubiera querido era sentarme en un sillón y abrazarte, platicar de un par de cosas sin sentido o no platicar. Estar contigo.

Ayer fui a las hamburguesas, a esas de pan bimbo que tratan de hacer pasar por pan recien hecho, a las que fuimos juntos, pedí una más grande esta vez para averiguar, de una buena vez, si comiendo suficiente no necesitaba postre. Resultó que no tiene nada que ver la cantidad de comida pues de cualquier modo terminé comprando un chocolate medio enorme, ya sabes que comprar en cantidades suficientes no se me da cuando de dulces se trata. Terminé comiendo solo la mitad. No tengo idea si hay alguien que pueda terminarse una de esas cosas en una sola vuelta, aunque ahora que lo pienso no están hechos para comerse de una sola vez y el único que lo ha intentado soy yo.

Después de comer me quedé sentado en el carro diez o quince minutos para no llegar al trabajo demasiado temprano, no quería estar otra vez bajo techo. Tenía ganas de estar entre árboles y aunque no hubiera ninguno a la vista el hecho de ver el cielo abierto me daba una tranquilidad de paz, aunque de paz urbana, de esa que huele a carros.

¿Cómo será ser pescador o guardabosques? ¿Te imaginas? Aunque cada que pienso en guardabosques recuerdo al Oso Yoggy, o más bien al guardabosques del parque, ese que se la pasa regañando a Yoggy por robarse la comida de los turitas. Ya sé, ya sé, no es así en la vida real, para empezar los osos no hablan, y apuesto que los guardabosques de verdad hacen mucho más que cuidar hipotéticos osos parlanchines.

¿Qué curioso no? Nunca lo había pensado de esa forma, mucha gente pregunta cuál sería tu trabajo ideal y todo eso, sobre todo en las entrevistas de trabajo y cada vez he contestado lo mismo, desarrollar videojuegos (aunque una vez dije que trabajar para la empresa aquella, pero de verdad quería el trabajo), o videojugador profesional, o mejor aún, una de esas personas que se la pasa jugando para hacer guías de videojuegos, ese trabajo sí que debe ser increíble, aunque terminas frente a una televisión, y estar el día frente a un monitor es lo que hago ahora. Aunque me gusta y pocas veces me imagino haciendo algo diferente, hay días que me imagino haciendo otra cosa, trabajando en algo diferente, como hoy.
Bueno ¿qué te parece? he encontrado mi nuevo trabajo ideal, guardabosques, pero el del Oso Yoggy. Sí, ese es un trabajo que podría hacer yo.

En la noche poco antes de dormir vi una película, la única que estaba en la casa y que ya había empezado a ver, la de los x-men, yo creo que te hubiera gustado verla pero no había otra cosa, así que lo tuve que hacer, siempre podemos volver a verla cuando regreses o mejor aún, vamos al cine como quedamos ayer, así salimos un rato.

Hoy desperté pensando en ti, con el celular a mi lado, supongo que no habrás recuperado la señal, pero está bien, al final solo te quería decir que de la gripa ya sigo mejor.

Y que te extraño.

 
 

Sin Rebote

18 Jan

Busqué –cuatro meses– en Internet.
 
Quería saber para que puede alcanzar ese tiempo.
 
Encontré, entre otras muchas cosas, los cuidados que se le dan a un bebé de esa edad, una persona que vivió cuatro meses en Kenya, un método para aprender un idioma en ese tiempo. También encontré como bajar quince kilos y los más sorprendente: sin rebote.
 
Los últimos cuatro meses me han alcanzado para: Mudarme de ciudad dos veces, tener tres trabajos y ser desempleado, para hacer planes y para que otros tantos se quedaran en el pavimento.
 
Los primeros quince días fue estar corriendo como si me hubieran dicho –agarra lo que te quepa entre los brazos y corre– en los brazos, debes saber, no caben muchos cosas, una maleta, una computadora, dos o tres libros,  con la prisa uno termina cargando cosas en las que no pensaba y mucho menos debía cargar o seguir cargando, mucho menos viajar con ellas, fue así como tomé entre las cosas necesarias: un par de recuerdos, unas tijeras y otros artículos con filo, un sacapuntas y una crema para las manos caducada, cosas que definitivamente no se deben tener en las manos cuando se corre (especialmente las tijeras). Porque aún ahora, ya sin ser niño, también se tropieza.
 
Fue así, corriendo y con cosas que no debía llevar, que llegué contigo, diría que te alcancé, pero no fue así, no se puede hacer eso, nadie se mueve tan rápido como para alcanzarte. No, me estabas esperando, o así me dejaste saberlo el día que volvimos estar frente a frente, cuando estuve a la distancia adecuada me agarraste la mano, era, casualmente, la mano en la que traía las tijeras, las mismas que tuve que deje caer al suelo para tomarte de la mano. Me diste un beso en una cicatriz donde antes me lastime con alguna cosa que debo de haber corrido, o quizá fue donde tuve un raspón de esos que de fuera parecen superficiales pero que arden y duelen al mismo tiempo, de esos que uno se hace solo por andar con las prisas de llegar a cualquier lado.
 
En cuatro meses hemos llevado tu ritmo y otras veces el mio. De repente es claro que vamos al mismo lado, otros días parece que voy al revés o peor aún de cabeza.
 
–¿A donde vas? –Dices sin decirme, cuando equivoco la dirección –vamos al otro lado –me insinúas con un leve tironcito de la mano y de vez en vez, cuando hace falta, de la oreja.
 
A veces llevamos otro ritmo, otro paso, uno que con el menor descuido nos hace empezar a correr. Correr de dos, ya sabes, no es fácil, a veces parece que vamos en una carrera de esas de costales avanzando a tumbos. Quien sabe si por no saber llevar el ritmo, el paso, o porque el otro quiere ir más rápido. Hasta que nos tropezamos o caemos y en la pausa después de la caída o durante el susto del golpe, nos vemos.
 
En cuatro meses se avanza, caminando o a tumbos, buena distancia, hay quien dice que es la distancia más importante: Cuatro meses con todas sus caídas y todas sus levantadas. Hasta ahora las caídas han sido sacudirse el polvo y correr para recuperar distancia hasta donde la vista nos alcanza y a veces, con la confianza (puesta en donde debe estar la confianza) hasta donde la vista no nos alcanza.
 
Pero eso sí, tomados de la mano.
 
A veces siento que solo te llevo de una mano, y que en la otra todavía voy cargando el montón de cosas que no necesito, a veces siento como si esperara que me tomaras de ambas para soltar esas otras cosas con las que ya me he caído y cortado y lastimado. Quiero saber que si tengo que salir corriendo, solo te llevo a ti entre los brazos y que si nos caemos no vamos a cortarnos, ni clavarnos nada, ni lastimarnos.
 
En cuatro meses me ha alcanzado para saber los cuidados que se deben de tener con nosotros, como pareja, descubrí que cuatro meses contigo son un respiro, en cuatro meses alcance a aprender, un poco, tu idioma, a veces suficiente para entenderte o entenderte a medias. Aprendí además a discutir contigo, a tener diferencias y arreglarlas con palabras (y algún beso o un te amo furtivo), y a arreglarlas, lo más importante, sin rebote.

 
 

Noviembre 17, 2011

17 Nov

Llego al DF en un autobús de segunda, por fuera es gris casi plata, por dentro luce normal, un autobús cualquiera. Conmuta entre una ciudad y otra de forma continua, destinado solo para aquellas personas que por error, casualidad o accidente terminaron viviendo en la ciudad vecina.

El aire se filtra por todas las ventanas y parte de la puerta. Apenas subí me acomodé a lo largo de dos asientos. La gente que vive en la ciudad vecina tampoco es tanta. Una persona en la primera fila se queja con el conductor del frío dentro del autobús. El conductor la escucha estoico. Duermo el resto del camino.

Al bajar el aire golpea, como ir cayendo caer muy rápido, sin detenerse, en un lugar del que no se conoce terreno ni lugar de caída, uno levanta las manos por reflejo, por defensa involuntaria que a final de cuentas no protege nada.