antes de desayunar
December 2, 2011 by Juan Fernando

Tráfico

– ¿Terminó antes su trabajo? –Me preguntó la recepcionista del hotel de carretera en Mérida después de que me hiciera la devolución del resto ya pagado de la semana.

– Sí, gracias a Dios –Le conteste agarrando mi maleta y volviendo la vista hacía el taxi que me esperaba afuera para llevarme al aeropuerto, destino Toluca.

Ni siquiera sé si puedo decir que viví en Mérida, estuve ahí  solo tres días, más bien creo fueron tres días para pensar, durante una semana tuve trabajo ahí, nunca casa.
Terminé huyendo rumbo a Toluca un miercoles sin nubes en el avión de la una al D.F. En el hotel, antes de salir, guardé casi todo en mi maleta que todavía no había terminado por deshacer, dejé dos o tres cosas de forma intencional, agarré la computadora y la cámara con la que no tomé ni una foto para después permitir que un último taxi abusara de mi acento norteño cobrándome la distancia hasta el aeropuerto como oro. Ya no me importaba.
Llegué a esta ciudad que creció sin rumbo ni sentido hace ya casi dos meses.
La gente pregunta por qué, las respuestas se me agotan, los pensamiento se me discurren y debaten entre razones. Como respuestas he dado varias, desde la distancia abismal con mi familia estando en Mérida o el calor que nunca he soportado, hasta que no me gustó la ciudad –La playa no es lo mío –les digo. Sobra decir, que las razones a nadie le quedan claras y mucho menos les convencen.
Aca en Toluca todo es extraño, la vida transcurre de una forma que yo no tengo memoría que lo haya hecho antes.
El tráfico respira de una forma caprichosa, a veces incluso, pareceriera que sostiene la respiración por una buena cantidad de tiempo cuando se congelan o descomponen sus semáforos de forma más o menos períodica. Camino al trabajo, por ejemplo, en uno de ellos, se enciende el rojo al mismo tiempo que el verde. Para ir de una zona a otra se termina, por lo regular, cruzando por alguna colonia o fraccionamiento que dada la cantidad de agujeros en el pavimento me parece nadie consideró que sucediera. La ciudad es un suburbio gigante.
Hace frío y el sol es un lujo. Todo esta construido tan a la ligera que la ciudad se averguenza y se cubre de niebla por la mañana para no permitir que la vean recién despierta.
A veces me parece que estoy de vacaciones o en el fin del mundo.
¿Qué hago acá?
Ni pensar en decir que me vine buscando fortuna. Eso se hace cuando se viaja al norte, jamás al sur.
La explicación, sin rodeos, es una.
Imagina una ciudad. Cualquier ciudad. Tráfico, Gente, Edificios, Casas. Graffiti. Todas las ciudades, una vez despojadas del romanticismo de sus malls, museos o parques, terminan siendo lo mismo. Un puñado de gente.
Personas.
–¿Qué haces allá? –me pregunta una voz en el teléfono. –acá estamos todos
Por –todos– se refiere a familia, amigos, hermanos, con –todos– se refiere a –todos–, excepto una persona.
El asunto es, que fue esa persona en quien pensé esos tres días en Mérida.
Vive aquí.
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November 20, 2011 by Juan Fernando

Ingravidez

Siento la Ingravidez. Un vacío en el estómago. Las tripas revueltas.

Debió ser el despegue, la fuerza que te pega al siento, los pulmones con aire enrarecido, o fue tu cabeza en mi hombro lo que me ha sacado el aire, el cuerpo que se debate entre temblar por el vertigo de la caída libre que me provocas o el silencio súbito cuando el contacto entre las llantas y el suelo se pierde.

Escucho el ruido del aire recorriendo el fuselaje. Mis latidos casi violentos queriendo llevar la misma velocidad y el ritmo.

El cielo abierto, el horizonte que se extiende y distingue hacía ambos lados, prendido en llamas, como si Dios lo hubiera recorrido con un dedo.

Suspendido en el vacío por una fuerza que no es mía, que no es de la turbina, que viene del roce de tu mano con mi mano, o del aroma vainilla cuando te acercas por sorpresa.

Cuelgo del viento.

Me llevas de la mano.

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