La verdad es que ni siquiera me gusta usar esa entrada.
Había una escalera, un plástico cubriendo el piso, un pintor con una brocha y una cubeta de pintura. El plástico estaba limpio tomando en cuenta que la pared ya había sido pintada casi en su totalidad. La pintura era blanca.
Me quedé a unos pasos, tratando de mirar la escena en silencio, de no ser percibido por si decidía echar marcha atrás. Pero él me vio.
- ¿Es de mala suerte verdad? – Me lo dijo de una forma que si bien no era completamente de burla sí tendía hacía ella.
Le contesté en tono un tanto retador, como si lo que temiera fuera algo que él no podía percibir. O como quien no encuentra por donde pasar.
- ¡Eso dicen! – Dije. Ocultando el temor.
Había que cruzar la escalera por debajo, estaba ahí, recargada, formando un triangulo con la pared, en el umbral de la entrada. La pared, ya se encontraba pintada, excepto por el lugar preciso donde se apoyaba la escalera, ese lugar era de un color que no conformándose con ser gris lucía sucio y desgastado, del mismo color que la escalera.
De no haberme visto nadie habría sido fácil. Hubiera vuelto sobre mis pasos para entrar por una puerta alterna, por el elevador o por la entrada de la calle. Pero el pintor ya me había visto, no podía sencillamente retroceder.
Es un asunto psicológico, estoy seguro. No queremos admitir nuestras debilidades ante nadie. Aquí pondría en duda mi valentía si no cruzaba aquella escalera que formaba un triangulo con la pared en el umbral de la entrada.
Esas creencias falsas, esos asuntos obsesivos y enfermizos. Esas p-i-n-c-h-e-s supersticiones.
Yo frente a la escalera, frente al triangulo que no debía romper. Yo contra la naturaleza, contra mis creencias, contra mi memoria genética, contra los espejos rotos y los años de mala suerte, contra los brindis a medias y los años de mal sexo, contra los gatos negros que se cruzan en el camino, contra la sal derramada en la mesa, contra el coco, contra los monstruos debajo de la cama, contra todo, contra años de creencias transmitidas de generación en generación. Ahí en ese momento incapaz de dar un paso, podía de una vez para siempre enfrentar todos esos demonios de la humanidad y derrotarlos, aunque fuera por una vez, simplemente caminando por debajo de la escalera.
- Puede cruzar por arriba – Me saco de mis pensamientos el pintor que ahora ya no pintaba sino que me miraba fijamente con una sonrisa, habrá visto mi preocupación con buen humor o quizá simplemente seguía con la burla. A esta altura ya no me importaba, ni me interesaba.
Por arriba ¡Este si que está loco! – pensé ya preocupado por no saber que hacer.
Es un asunto psicológico, estoy seguro. No queremos admitir nuestras debilidades ante nadie y terminamos haciendo algo que no queremos como cruzar.
Es un asunto psicológico, estoy seguro. No queremos admitir nuestras debilidades ante nadie y terminamos haciendo algo que no teníamos contemplado como retroceder.
Tardé un poco más en llegar a mi destino.
Por el elevador.
Además, como ya dije: La verdad es que ni siquiera me gusta usar esa entrada.